jueves, marzo 17, 2005

Repaso
El “debate” legislativo

Carlos Gallardo Sánchez
Las imputaciones mutuas entre diputados locales acerca de su propensión al empleo indebido de los recursos económicos que reciben bajo el concepto de prerrogativas o finiquitos, inciden nuevamente en la percepción desfavorable que muchos ciudadanos tienen acerca de ellos. No hay necesidad que desde afuera se les diga haraganes o corruptos. En su afán por limpiar culpas propias, suponen erróneamente que encontrándole otras cochinadas al de enfrente se salvan del cochambre que se les atribuye. Ellos mismos se descalifican.

En el congreso del estado el nivel del debate legislativo anda de capa caída. En los lavaderos de cualquier vecindad las comadres se quedan pigmeas frente a lo que se dicen los diputados de las distintas expresiones políticas. La gran diferencia es que mientras en un lado, entre tendederos y ropa colgada, los motivos del chisme son intrascendentes, en el recinto parlamentario las disputas surgen por asuntos delicados como la rapiña de puestos y dinero que allí negocian
Si ese es el perfil de los legisladores, sería recomendable que para las próximas elecciones se exija a los candidatos su historial delictivo o fraudulento. Aquellos que no cumpliesen con los requisitos de comprobada deshonestidad sólo serían un estorbo.
El más reciente de los escarceos ¿parlamentarios? lo protagonizan los integrantes del grupo blanquiazul contra sus similares negriamarillos. Francisco Rodríguez Montero, del PRD, en la sesión del pasado martes, conminó al coordinador de la bancada panista, Javier López Sánchez, a mantener la serenidad, pues le insinuó que tendría que devolver los 500 mil pesos que recibió cuando era regidor del ayuntamiento de Cuernavaca, gracias a un tenebroso seguro de vida adquirido por todos los integrantes del cabildo de entonces, pero que se pagaba con dinero público.
López Sánchez, experto en candados, torniquetes, hurracarranas y demás arsenal propio de un gladiador identificado como rudo, saltó desde la cuerda más alta del cuadrilátero y se lanzó con todo. Claro que en lugar de una silla, un soplete o un rodillazo en las partes reproductoras de su rival, primero le recordó a “Panchito” su propensión al nepotismo e influyentismo. Luego hizo aparecer en todo el recinto, con más habilidad que David Copperfield, las copias de un documento firmado por Jorge Messeguer Guillén, actual presidente del PRD en Morelos e integrante de la pasada legislatura, que avalaba haber recibido 300 mil pesos por concepto de prerrogativas, beneficio que también compartieron sus compañeros Sylvia D´Granda Terreros y José Luis Correa Villanueva.
Al otro día la respuesta fue tibia. Simplemente Messeguer Guillén afirmó que todo era legal y que el dinero que recibió lo utilizó para gastos propios de su representación: pago a asesores y otras cosas relacionadas con la encomienda que tenía.
El golpe fue certero, porque evidentemente la discrecionalidad con la que emplearon esos recursos, seguramente no sólo los aludidos, sino los integrantes de la pasada y la actual legislatura, es una ofensa y un despilfarro.
Tales finiquitos, como se les dice con fineza –para nosotros son tajadas con las que se atragantan quienes las reciben sin decoro alguno-, hoy son cuestionados por el coordinador panista y con ello pretende convencer a la opinión pública que la parte sana del congreso la representa su expresión política.
Sólo que en el fondo subyace una perversidad: no tanto demostrar como falsas las acusaciones recibidas, sino ver la suciedad en el ojo ajeno como una forma de justificar el cochambre propio. Recordamos cuando se hablaba de la corrupción en el gobierno de Sergio Alberto Estrada Cajigal. La respuesta en defensa fue hablar de la corrupción en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Se constituye así una práctica de hablar de sus respectivas cochinadas, suponiendo que con eso se limpian de la mugre que se les atribuye.
Javier López Sánchez, por ejemplo, soslayó el tema de los presuntos 500 mil pesos que recibió y en cambió destapó una cloaca en cuyas profundidades pueden mezclarse todos los colores partidistas que convergen en la cámara de diputados. ¿Eso es legislar?

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