Ruben Jaramillo a caballo
Tercera y última parte
Por José Cabrera Parra
Esta política afecta sensiblemente al campo morelense, que ya había visto cambiar la vocación de sus tierras de cultivo alimentario por campos de producción de flores, negocio próspero en la nueva vida social que reinaugura el alemanismo al estilo porfiriano. Las cosas no cambian con el relevo de Miguel Alemán por Adolfo Ruiz Cortines, ya que éste redujo más notablemente el reparto de la tierra a los campesinos –sólo entregó 3.5 millones de hectáreas y redujo sensiblemente el crédito al campo–, supliéndolo con su famoso programa La Marcha al Mar que no tuvo el impacto que se esperaba.Para esas fechas, el panorama social en el país, pero sobre todo en el estado de Morelos, era ya preocupante, habida cuenta del aumento sensible de la pobreza. Si bien el gobierno de Ruiz Cortines tuvo la virtud de encauzar el derroche y la corrupción alemanista cauces un tanto mejores, su política también fue de estancamiento, en el marco de la cual sólo se movía la pobreza y la necesidad. En ese marco, con ese horizonte económico y social se empezó a gestar la inconformidad de Rubén Jaramillo que veía como el avance campesino obtenido con el general Lázaro Cárdenas se perdía irremediablemente. Separado ya de su cargo como presidente del Consejo de Administración del ingenio Emiliano Zapata de Zacatepec por diferencias profundas con los directivos –igual por sistemas y/ tecnologías que por el crecimiento de la corrupción– pudo haber concebido la idea de luchar para salvar del desastre al campo morelense, iniciando actividades con ese fin en el terreno político con no muy buenos resultados, al chocar con los caciquismos que ya se habían enquistado en la política local. Algunas incursiones armadas esporádicas le hicieron blanco de las primeras críticas y persecuciones que le empujaron a la clandestinidad con el tiempo, en no menos de un lustro, y a los acontecimientos de Ticumán y al conflicto armado total.Y es desde estos inicios que el movimiento jaramillista podría presagiarse fallido. Y no porque no hubiera espíritu y verdad en sus motivaciones, sino porque Rubén Jaramillo, carente de cultura, inició su aventura sólo por impulsos y hechos aislados sin un programa que lo sustentara y con fines específicos. Si bien –como me lo dijo aquella noche en Tetelcingo– le interesaba el problema morelense completo, el motor de su movimiento era el ingenio Emiliano Zapata de Zacatepec –su hijo virtual–, al que veía derrumbarse angustiosamente, como el tiempo transcurrido desde entonces hasta hoy lo ha probado.Imposibilitado de ver en toda su extensión la problemática agraria de México y el devenir de la política revolucionaria y de los gobiernos surgidos de aquélla, no sólo regionalizó sino que hizo profundamente local su movimiento. Su falta de programa, su carencia de una filosofía social y de una organización política tuvieron la consecuencia del fracaso que culminó trágicamente con su asesinato.El poder político federal y local se volcó con todo contra él para desprestigiarlo y presentarlo como un bandolero y asaltacaminos. Lo que era absolutamente falso. Los medios de comunicación lo satanizaron y la injusta política seudorrevolucionaria apenas se estremeció con el Movimiento Jaramillista. Tal vez si Rubén Jaramillo –como ya lo señalamos en este trabajo– hubiera tenido a su alrededor hombres capaces y preparados, sus acciones se hubieran extendido a otros rincones del país y sus resultados hubieran sido distintos. De todos modos, éste era el entorno social, político, económico prevaleciente en el país y en Morelos, cuando Rubén Jaramillo rescata su viejo fusil y se pone en marcha, como lo prometió algún día en su discurso en el rancho de Santiopa: “Si los campesinos tienen otra vez necesidad de luchar con las armas por sus derechos, allí estaremos”.
Meses después...
El 17 de noviembre de 1957 Adolfo López Mateos protestaba como candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la Presidencia de la República frente al Presidente de ese partido, general de División Agustín Olachea Avilés. En el trayecto de Cuernavaca a la ciudad de México, Antonio Pliego me dijo que se había reunido una vez más con Rubén Jaramillo y que se había acordado, como algo de gran importancia, que se hiciera una declaración oficial, por parte del gobierno federal o del estado de que se estaba en pláticas para que los rebeldes jaramillistas depusieran las armas y se entrara de lleno a las conversaciones, aunque reconocía que no sin razón, Jaramillo estaba desconfiado porque no había recibido buenas noticias de la Secretaría de Gobernación que por entonces estaba al cargo del licenciado Ángel Carvajal, veracruzano que había perdido frente a López Mateos en sus aspiraciones políticas presidenciales. ¿Y cuándo vas a volver a ver a Jaramillo? –pregunté–, porque me encantaría acompañarte –le dije.Fue hasta finales de diciembre de aquel año, 1957, cuando vi por tercera ocasión a Rubén, en una vieja y humilde casa por el rumbo de Yautepec, ocasión en que por vez primera conocí a Epifania Zúñiga, segunda esposa del guerrillero. Una mujer menudita, de mirada profunda e inquieta, que no hablaba mucho pero que mostraba estar atenta a cada palabra que se pronunciaba. No fue una larga entrevista a la que, por cierto, asistió por vez primera –y creo que única– el doctor Alfonso Muñoz Anaya, presidente del PRI en el estado de Morelos; un hombre sencillo que a la fecha había sido el presidente de un comité priísta que había durado más tiempo en ese cargo, 10 años. Por esos días, el doctor Muñoz andaba en su campaña para diputado federal merced a que tenía una buena relación con el candidato López Mateos por su origen en el Estado de México.El saludo que me dio Jaramillo fue ciertamente menos hosco, ya que me tendió la mano acompañada de un “qué tal muchachito”. Dando un paso más en esa relación, yo le contesté arriesgándome a hablarle de tú, lo cual él aceptó sin comentario alguno.–Oye Rubén –le dijo Antonio Pliego–, están viendo la posibilidad de que pronto saludes al candidato López Mateos, aunque aún no se sabe en qué fecha vendrá a Morelos. En estos días el profesor Flores Fuentes me dará las instrucciones al respecto.–Qué bueno, Antonio, pero quiero que sepas que a mí me gustaría más que esa entrevista fuera en México o en cualquier otro lugar que no fuera en Morelos, porque yo todavía ando a salto de mata...–¿Has tenido problemas con la Judicial? –preguntó Pliego.–No exactamente, respondió Jaramillo, pero sí hemos visto rondando por diversos lugares a donde voy a los perros de López de Nava, y la verdad es que no nos sentimos seguros.–Te prometo, Rubén, que voy a hablar lo más pronto posible con el gobernador para que no haya problema...–¿Y cuándo hacen esa declaración que acordamos para que ya no tengamos que andarnos escondiendo? Ya ves que son puras palabras sus promesas.Y, ciertamente, esa declaración no se había hecho hasta entonces y no se hizo nunca al menos en esta etapa política de campaña federal. El gobernador López de Nava me había comentado en algunas ocasiones que no tenía rencores con Jaramillo, que había dado instrucciones de que no se le molestara para no poner en riesgo las conversaciones que se tenían para su pacificación.La temporada era especialmente difícil, porque ya todo apuntaba a que Norberto López Avelar sería el candidato del PRI a la gubernatura del estado y como solía suceder en esas etapas del sistema político priísta, la relación con el gobernador en turno era buena sólo en apariencia.Jaramillo estaba consciente de todo ello y cebe apuntar que procedía con calma y no con poca prudencia. En el fondo de la conversación habida en Yautepec, al paso del tiempo, he llegado a la conclusión de que el inquieto líder agrarista estaba anhelando el acuerdo por su deposición de las armas, ya que en sus palabras se notaba cierto cansancio. En medio de la agitación política nacional por la sucesión presidencial, su “movimiento” había pasado a por lo menos un segundo término, sobre todo porque él mismo había evitado acciones que lo calentaran en esos momentos inoportunos. Por otra parte, recuerdo que una de sus frases fue que había llegado el tiempo “de hablar para que nuestra lucha tenga verdaderos resultados”, lo que imponía un impasse en sus planes de lucha armada.En enero de 1958, el candidato López Avelar, con quien había tenido un gran acercamiento, me preguntó si yo tenía relación con Rubén Jaramillo, a lo que yo respondí no sin haber exagerado las cosas, ya que si bien el líder campesino me ubicaba no podría presumir que me tuviera confianza. “Ojalá lo busque usted, me dijo, sería bueno que me acompañara en alguno de los mítines de la campaña para mostrar unidad política y que la pacificación del Estado está en puerta.”Desde luego lo voy a hacer de inmediato, le respondí, como si en verdad tuviera yo línea directa con el líder, aunque le comenté al teniente coronel que Jaramillo estaba temeroso de salir a la luz pública antes de que se anunciara el acuerdo de garantizar su seguridad.–Dígale, me dijo López Avelar, que voy a hablar con el gobernador para darle todas las garantías de su seguridad, y que si lo desea, yo le enviaría a dos gentes de mi absoluta confianza para que le acompañen desde donde esté a donde vaya a ser el encuentro.Presuroso, hablé con Pliego, el que me dijo que en un par de días se iba a encontrar con Jaramillo en la ciudad de México, lo que sucedió entre los días 3 y 4 de febrero. La reunión –cuarta a la que asistiría yo, se realizó en una casa de la colonia Portales en la ciudad de México, y Rubén Jaramillo, como era su costumbre, estaba acompañado de su esposa Epifania y de dos personas –hombres– de cuyos nombres no me acuerdo y que se alejaban cada vez que se iniciaba la conversación.–Rubén –le dije–, tengo la encomienda de López Avelar de pedirte que le acompañes en alguno de sus mítines para...–Y qué quiere ese que se dice morelense y sólo es un oaxaqueño que fue de los asesinos de mi general Zapata, me dijo en un tono que no presagiaba nada bueno.–Quiere mostrar unidad política y platicar contigo para sentar las bases de su relación para cuando sea gobernador. Creo que su intención es buena, y lo que pasó en la Revolución sería cosa de analizarlo con cuidado, le respondí –resulta importante señalar aquí, que por entonces, yo colaboraba con el diputado Pliego en la Liga de Comunidades Agrarias como coordinador de Prensa.Algo más se habló sobre el tema, sobre el cual terció Antonio Pliego, al cual Jaramillo le preguntó su opinión. Más adelante supimos que al parecer alguien se había acercado a Jaramillo con el mismo fin, lo que pude comprobar tiempo después: había sido Antonio Riva Palacio, ese gran político morelense que luego fue secretario general de Gobierno de López Avelar –a partir de abril de 1960– y más adelante uno de los mejores gobernadores de Morelos.Para mi sorpresa, Rubén Jaramillo aceptó la invitación de López Avelar concertándose la reunión para la siguiente semana en un mitin que se realizaría en Totolapan, tierra de López Avelar. El encuentro con él aquel día se dio en la casa en la que se había reunido por segunda vez con Pliego en Yautepec y de allí ambos salieron para Totolapan. Poco antes del acto, cerca del lugar, se dio la primera reunión de Jaramillo con Norberto López Avelar y ambos personajes sostuvieron por espacio de una media hora una conversación, al término de la cual, muy sonrientes se trasladaron al lugar de la concentración política.Como puede verse en las fotografías que aparecen en este libro, Rubén Jaramillo tomó la palabra, para lo cual yo le entregué el micrófono y permanecí junto a él como lo testimonia la fotografía. Hubo instantes que a mi juicio fueron históricos en ese momento de la vida política de Morelos, ya que estaban presentes en el acto, y aparecen en la segunda fotografía en la que se abrazan Rubén Jaramillo y López Avelar, Ana María Zapata y Nicolás Zapata, hijos del Caudillo del Sur, así como el entonces delegado general del PRI en Morelos, el licenciado Carlos Ramírez Guerrero, quien posteriormente sería gobernador del estado de Hidalgo.Ya siendo gobernador López Avelar, conversamos que en aquel acto el significado principal de la presencia de Anita Zapata era el que la herida abierta con la muerte de su padre en Chinameca –en la que estuvo presente López Avelar– había quedado cerrada para efectos de la historia y de tranquilidad política. Lamentablemente, corrido el tiempo, la mediocridad de López Avelar no habría de permitir la solución de los problemas agrarios de Morelos, sueño de Jaramillo, gobierno en el que, en 1962 habría de ser asesinado arteramente el soñador e inquieto líder prolongador de la lucha por la tierra iniciada por el Caudillo del Sur.En otra secuencia fotográfica puede uno ver cómo el profesor Raymundo Flores Fuentes, líder de la Confederación Nacional Campesina, recibe el informe del encuentro de boca de Antonio Pliego, al que sólo se le ve el perfil y del autor de este gran reportaje histórico.En otra fotografía aparecemos el entonces diputado federal Antonio Pliego, personaje central en este episodio junto con el presidente del PRI en Morelos, mi querido e inolvidable amigo el doctor Alfonso Muñoz Anaya, ambos ya fallecidos. Finalmente, en la última fotografía aparecemos junto a López Avelar y los periodistas de Excélsior Fortino Ibarra Bobadilla y Juan Zárate, quien además era dueño y editor del semanario El Morelense, para el que escribía en esos ayeres. Junto a López Avelar el profesor Hernández, de la Semana Gráfica. Testimonios gratos para quien como yo, al estar cumpliendo 50 años de profesión periodística, le permiten vivir una vez más todas las oportunidades que la mejor de las profesiones le brinda a quien la ejerce con pasión y con cariño.El año de 1958 fue especialmente difícil en materia política porque se juntaron dos campañas electorales que alteraron significativamente la vida del estado de Morelos: la presidencial, en la que Adolfo López Mateos no contaba con toda la aceptación de los políticos, ya que la lucha por la nominación había sido especialmente dura y difícil.Ángel Carvajal aspiraba a la presidencia, al igual que Gilberto Flores Muñoz, quien incluso había llegado a la audacia de inventar una supuesta nacionalidad guatemalteca al hombre que había nacido en Atizapán de Zaragoza, Estado de México. Este hecho creó un ambiente pesado, ya que no fueron pocos los que creyeron esta especie.Cosas de la vida y la política, quien en aquella ocasión concibiera lo de la nacionalidad guatemalteca de Adolfo López Mateos, ya que incluso viajó a Guatemala para conseguir un acta de nacimiento falsa, se convirtió, ya siendo presidente López Mateos, en su hombre de relaciones públicas y en su amigo que llegó a tener tal intimidad que se prolongó muchos años después del sexenio lópez-mateísta: Álvaro González Mariscal, hoy fallecido, y quien fue para mi un maestro en el periodismo nacional. Fue Álvaro quien, sabiendo aprovechar las facilidades que ofrecía una imagen como la de López Mateos, hizo de él la figura querida y aún respetada de la historia.En Morelos, las cosas no eran nada fáciles y los políticos priístas hubieron de desempeñarse a fondo, ya que en la precampaña quienes apoyábamos a otro candidato habíamos puesto al descubierto la historia pasada de Norberto López Avelar quien, siendo cabo del Ejército federal carrancista y asistente del teniente forrajista Rodolfo Sánchez Taboada, había participado con éste en el asesinato del Caudillo del Sur Emiliano Zapata, perpetrado en la Hacienda de San Juan Chinameca en el Estado de Morelos el 10 de abril de 1919. Como es conocido por la historia, Zapata había caído en la trampa que le tendió el coronel carrancista Jesús M. Guajardo y había aceptado encontrarse con él en Chinameca para que allí, según el compromiso de Guajardo, sus fuerzas se unieran al zapatismo y jurar lealtad a Zapata y al Ejército Libertador del Sur jurando también el Plan de Ayala, que era la premisa principal de la lucha de ls hombres del campo.Acompañado sólo de su pequeña escolta, Zapata hizo su entrada al patio central de la hacienda y en tanto el toque de honor de los clarines se escuchaba, Sánchez Taboada dio la orden a los soldados carrancistas apostados en las almenas de la hacienda vestidos de manta, como los zapatistas, abriéndose fuego contra Zapata, que cayó acribillado por las balas federales.Así se consumó una de las traiciones más ruines de la Revolución Mexicana. Y, cosas de la vida, de la política y del destino: años después, en Tlaxcalantongo, Puebla, Venustiano Carranza caía también asesinado por fuerzas obregonistas a las que ya se había unido el para entonces coronel Sánchez Taboada. Consumado el acto de Chinameca, Norberto López Avelar, por instrucciones de su jefe, había acudido a la presidencia municipal de la Villa de Ayala para saber qué había sido del cuerpo del Caudillo del Sur, y allí mismo se tomó una fotografía, junto con otros individuos con el cadáver de Zapata: esa foto fue localizada y estuvo a punto de dar al traste con la candidatura de López Avelar a la gubernatura de Morelos.Pero la decisión al estilo de entonces, estaba tomada por el presidente Ruiz Cortines y López Avelar fue el candidato priísta y posteriormente el gobernador de Morelos.En ese difícil ambiente político, no fueron sencillas las negociaciones con Rubén Jaramillo. Por una parte, éste, con toda razón exigía garantías para él y para los suyos de que la Policía Judicial o el Ejército no los perseguirían o tomarían represalias contra ellos. Por su parte, el priísmo, y sobre todo los grupos y dirigentes campesinos que habían llevado el peso de las negociaciones, tenían que estar atentas al desarrollo de la campaña electoral, igual de la local que de la federal. A decir verdad, Rubén Jaramillo había asumido una actitud inteligente y prudente, no llevando a cabo acciones que enrarecieran y calentaran más el ambiente, en tanto que las conversaciones sobre los asuntos de su interés seguían a ritmo lento.En esos días sólo tuve ocasión de ver a Jaramillo en la modesta casita de Yautepec, aunque hubo oportunidad de departir buen tiempo y tomar unos aguardientes de Zacualpan, aunque él no bebía en razón de sus creencias religiosas. Fue en esa ocasión que pude observar con mayor cuidado al inquieto líder campesino y entender más las razones de su lucha. Podría decir, después de pasados tantos años, que si bien la limpieza de su lucha era auténtica, sus razones no estaban bien fundadas; es decir, que su cultura tan limitada le impedía visualizar con mayor profundidad sus alcances y posibilidades. Llegué a pensar, sin embargo, que si Jaramillo hubiera sido un poco más instruido, o cerca de él hubiera habido un Antonio Díaz Soto y Gama, un Otilio Montaño o un Gildardo Magaña, Jaramillo, que sabía de artes militares y era un guerrillero inteligente y astuto, hubiera estremecido las estructuras nacionales extendiendo sus acciones al resto del país.Para bien o para mal, su movimiento se desarrolló sólo en el estado de Morelos. Por alguna razón, el comentario que me hizo el entonces secretario del Trabajo, Adolfo López Mateos, en el sentido del riesgo de que el movimiento zapatista “contaminara” los estados circunvecinos debió tener una base de sustentación: ¿había, desde entonces, tenido contacto con Jaramillo el futuro presidente para poder evaluar las posibilidades de Rubén?
López Mateos–Jaramillo, frente a frente
En febrero de 1958, Rubén Jaramillo se entrevistó por vez primera con el candidato presidencial Adolfo López Mateos. La plática se realizó en la casa del candidato en la avenida San Jerónimo, y a ella sólo asistieron en los primeros minutos, el profesor Raymundo Flores Fuentes y el delegado general del PRI en Morelos, licenciado Carlos Ramírez Guerrero. Luego, por espacio de poco más de media hora la entrevista fue sólo entre los dos, López Mateos y Jaramillo.Poco antes, junto con Antonio Pliego y con el delegado general del PRI en Morelos, estuvimos en un restaurante de San Ángel en donde nos habíamos citado con Jaramillo, a las 11 de la mañana. A ese lugar pasaría el profesor Flores Fuentes a recoger al líder para llevarlo a la casa de López Mateos, que quedaba cerca, en la avenida San Jerónimo. Flores Fuentes llegó unos minutos antes de las 12 y esperó en el coche a que bajara Rubén. Jaramillo había llegado pasadas las 11 de la mañana, acompañado sólo por dos personas, las que permanecieron allí hasta su regreso, junto conmigo que había recibido indicaciones de esperar allí.En la conversación que tuvimos, Jaramillo comentó que había preparado un pliego en el que sintetizaba las peticiones de los campesinos de Morelos y que él había sostenido desde su levantamiento en Ticumán, el cual no mostró a sus interlocutores. El líder tenía para conmigo una actitud ya mucho más suelta, con menos prejuicios, aunque esta reunión previa no fue utilizada por ninguna de las partes para hablar sobre el tema, ya que el licenciado Ramírez Guerrero había dicho que el asunto pasaba ya a otras esferas políticas y sería tomado en las manos de quien sin lugar a dudas sería el próximo presidente de la República. Cerca de la una y media de la tarde Rubén Jaramillo regresó y sólo recuerdo que se le veía contento, la cara expresiva: “Es un gran hombre”, dijo. “Ojalá sea el presidente que necesitan México y los campesinos”.Así terminó aquella reunión que sin duda sería de un enorme beneficio para las aspiraciones de los campesinos morelenses.En el resto de las campañas electorales de Morelos y nacional no volví a hablar con Rubén Jaramillo. Lo pude ver, desde lejos, en mayo –o tal vez junio–, cuando el candidato Adolfo López Mateos visitó en su gira electoral el estado de Morelos, específicamente las ciudades de Cuernavaca, Yautepec, Cuautla y finalmente Puente de Ixtla.En Cuautla, López Mateos y el líder se entrevistaron por segunda vez por espacio de unos minutos, entrevista a la que Jaramillo llegó acompañado de un grupo de seguidores: fue allí en donde pude ver al luchador social sin poder hablarle. Tal vez por los acuerdos tenidos o por su decisión unilateral Jaramillo no había realizado acciones guerrilleras ni tampoco acciones políticas. El torbellino de las campañas electorales lo avasallaba todo y no había forma de atender otros asuntos. En esas oportunidades, Antonio Pliego me comentó que sin que hubiera un acuerdo específico se había decidido que los asuntos en los que estaba interesado Rubén habían fueran pospuestos hasta que López Mateos asumiera la Presidencia de la República el primero de diciembre de 1958. Por otra parte, Pliego me informó que creía que su intervención había terminado y que otras manos, cercanas al candidato, se habían hecho cargo del asunto. Sea como fuere, no volví a ver a Jaramillo hasta marzo de 1959.En efecto, la entrevista más importante entre Rubén Jaramillo y el presidente Adolfo López Mateos, en Palacio Nacional se efectuó precisamente en el despacho que fuera del Gran Patricio Benito Juárez, cuando los presidentes mexicanos sentían el orgullo nacional y despachaban en Palacio, no en la residencia de Los Pinos, en burda copia del despacho oval de la Casa Blanca en Washington, la capital del Imperio.Tal vez en recuerdo de que había yo participado en las primeras entrevistas y negociaciones con el inquieto líder morelense, Antonio Pliego me invitó a acompañarle y fuimos a recoger a Jaramillo precisamente a la casa del General Lázaro Cárdenas, en la calle de Andes en Las Lomas de Chapultepec, para acompañarle a Palacio Nacional. En un automóvil del Estado Mayor Presidencial, Rubén Jaramillo se trasladó a Palacio y nosotros en otros coches le seguimos. Allí, en una ceremonia presidida por Humberto Romero, secretario privado del presidente, éste develó una pintura del Caudillo del Sur Emiliano Zapata en los los corredores de Palacio: implícita en el texto del discurso, Humberto Romero pronunció una frase que atribuyó al presidente López Mateos, especialmente significativa por la presencia de un hombre, que en su temprana juventud había militado en las fuerzas zapatistas, en el Ejército Libertador del Sur: “EL MÉXICO DE HOY –dijo Romero– NO SE EXPLICA SIN EMILIANO ZAPATA”. Recuerdo muy bien la escena y recuerdo las facciones del líder, serenas pero emocionadas. Y no podía ser en otra forma. Aquella ceremonia, y la posterior reunión sostenida con el presidente de México fueron, sin duda alguna, culminación de una lucha que ya se prolongaba por más de 30 años.Lo que vendría después en cuanto al arreglo de los asuntos de Rubén Jaramillo nadie podría preverlo. Como nadie hubiera podido adivinar el fin trágico de Jaramillo a manos de sicarios enviados por personajes cercanos al presidente López Mateos. Por nuestra parte, igual que en aquellos días, seguimos pensando que las diversas acciones de acercamiento con el líder llevadas a cabo por el presidente López Mateos son prueba suficiente de la sinceridad de sus actos que, en alguna forma, lo ponen al margen del nefando crimen.Y seguimos preguntándonos: ¿cómo habría sido posible que un hombre humanista como López Mateos hubiera ordenado realizar tan proditorio crimen? ¿Sabría Rubén Jamillo al invadir años después los llanos de Michapa y El Guarín que estaba poniendo la última piedra en su carrera? ¿Se sabe acaso ahora que la invasión de esas tierras eriales pudo haber sido la causa o la motivación que empujó a los asesinos un par de años después? Tal vez nadie lo sepa jamás porque los actores principales del terrible drama que pone punto final a la secuela de la Revolución Mexicana de 1910 están muertos, y, como decía el escritor austriaco Stefan Zweig: “Nadie sabe callar como los muertos”.Nunca más volví a hablar con Rubén Jaramillo. La última vez que lo vi, fue cuando se enfrentó a Bernardino Lavín por la secretaría general de la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos de Morelos, para sustituir en el cargo a Antonio Pliego Noyola, acto en el cual Lavín lo derrotó por suficiente margen de votos emitidos “a mano alzada” en un local sindical de la ciudad de Cuernavaca.Por ese entonces, Bernardino Lavín, con quien yo tenía una gran amistad, era un líder de gran popularidad que llevaba muchos años defendiendo al campesinado morelense, sobre todo a los cultivadores de la caña de azúcar. Entre él y Rubén Jaramillo había notables diferencias, una de las cuales era que Lavín había sostenido su lucha siempre dentro de la legalidad y el orden, sin que ello le impidiera tener una pasión profunda por su labor.Hombre mucho más joven que Jaramillo, gozaba de gran influencia en los círculos políticos de la entidad y del país, y llegó a tener cierta cercanía con el presidente Adolfo López Mateos. Más adelante, cuando Jaramillo invadió las tierras de Michapa y El Guarín, en el municipio de Coatlán del Río, en una acción que tenía más de angustia y de fracaso ante la pasividad de los gobiernos “revolucionarios” que de continuidad luchadora, la serenidad e inteligencia de Bernardino Lavín, que ya era el líder cenecista de Morelos, fue fundamental para el equilibrio y la paz social, y hasta donde tengo conocimiento, su intervención fue la que logró que el nuevo problema con Jaramillo tuviera un fin tranquilo.Los avatares de la política y de mi profesión periodística me llevaron a vivir a la ciudad de México y hube de alejarme de Morelos, de mis amigos, de mis raíces. Pero al correr del tiempo, hoy que la vida me ha permitido cumplir 50 años de profesión periodística, recuerdo que mi primera experiencia fue el testimonio del acontecimiento con Rubén Jaramillo y las primeras notas que sobre éste escribí en el periódico El Morelense de mi inolvidable amigo Juan Zárate.En 1962, cuando ya vivía un tanto alejado de la lucha social, Rubén Jaramillo fue asesinado en Morelos junto con su esposa Epifania Zúñiga y sus hijos; y sus cuerpos fueron tirados en las inmediaciones de las ruinas de Xochicalco, municipio de Tetecala. La noticia me sorprendió trabajando en la agencia Informex, fundada y dirigida por don Álvaro Gálvez y Fuentes, primero mi director y maestro y luego mi amigo inolvidable. La conmoción nacional que el hecho provocó fue de primerísimo orden, habiéndose atribuido, frente a la nebulosidad de los acontecimientos, la responsabilidad moral y política al presidente López Mateos, ya que al irse aclarando las cosas aparecieron los nombres de personalidades cercanas a él como involucradas en el crimen.El asesinato se produjo dos años después de que Jaramillo había desalojado las tierras invadidas en Coatlán del Río, pero hubo versiones de que eso había sido la causa del crimen, ya que parte de esas tierras se decía eran propiedad del general José Gómez Huerta, jefe del Estado Mayor del presidente López Mateos, especie que no fue probada en su oportunidad. Sin embargo, años después, en Teloloapan, Guerrero, fueron capturados por los jaramillistas los autores materiales del crimen, el capitán José Martínez y Heriberto Espinoza, El Pintor, quienes, ante la expectativa de ser ejecutados por sus captores, buscaron salvar la vida confesando de parte de quién habían actuado.Quedaron al descubierto nombres importantes que serán tomados en cuenta cuando se escriba en toda su profundidad y extensión la biografía de Rubén Jaramillo. En tanto eso sucede, nosotros nos permitimos transcribir aquella parte de la revelación que hace en su libro Jaramillo, profeta olvidado, el historiador y biógrafo de Rubén don Raúl Macin, testimonio suficiente para dejar fincadas las responsabilidades intelectuales y materiales de tan nefando crimen.
Dice Raúl Macin:
“Meses después, nació una leyenda en Teloloapan, Guerrero: se encontraban El Pintor y el capitán Martínez en una cantina, estaban ya borrachos y escandalizaban haciendo ostentación de que eran gente de confianza del gobierno y que a ellos nadie les podía hacer nada. Fue cuando las carcajadas festejaban un chiste obsceno que había contado El Pintor, cuando entraron en la cantina tres campesinos que llevaban colgado del cinto el clásico machete de la gente del lugar.Sin embargo, no parecían ser guerrerenses. Uno de ellos se quedó cerca de la puerta en tanto los otros dos se dirigían hacia la mesa en la que estaban los asesinos de Jaramillo.–¿Alguno de ustedes es el capitán Martínez? –preguntó uno de los hombres.–Yo mero soy –respondió riéndose el capitán–. ¿Qué se le ofrece?–A mí nada –dijo el capitán dirigiéndose a aquellos que les acompañaban en la mesa–, cuando uno es de confianza no lo dejan a uno tranquilo. Es lo malo de ser indispensables... ya ven cómo hasta desde la capital nos buscan... espérenme tantito que voy a ver para que me necesitan.–Yo voy con usted compadre –dijo entre hipos El Pintor–, yo también soy de confianza... ¿o no?–Bueno, vamos, y a ustedes –dijo el capitán señalando a los mensajeros– gracias por el aviso. Al rato les doy su propina.Dando traspiés se dirigieron hacia la puerta y una vez que salieron a la calle un grupo de hombres los rodeó y de entre ellos, y haciendo el menor ruido posible, alguien se acercó a los asesinos y les preguntó:–¿Son ustedes el capitán José Martínez y el señor Heriberto Espinosa?–Sí –contestaron los interpelados–, ¿para qué somos buenos?–Son buenos para traicionar y para asesinar –contestó aquel hombre–, quedan arrestados por el asesinato de la familia Jaramillo.–¿Arrestados? –dijeron casi al unísono los dos asesinos– ¿por orden de quién?–Por orden del pueblo –contestó el hombre–, y basta ya de plática... Vámonos.Con una rapidez increíble los hombres que rodeaban a aquellos matones a sueldo se echaron encima de ellos, les ataron, les subieron a un caballo, y se alejaron del pueblo sin que nadie se diera cuenta de lo que había sucedido.El grupo acampó a unos cuantos kilómetros de Teloloapan, y ahí, a la luz brillante de una fogata principió el interrogatorio.–Antes de que reciban su merecido nos van a decir quiénes fueron los autores intelectuales del asesinato de los Jaramillo –sentenció el que hacía las veces de jefe de aquel grupo.–A mí no me hagan nada, por su madrecita se los suplico, yo no tuve nada que ver en eso... de verás que yo no hice nada... me cai de madre que fue éste el que lo organizó todo... por favor tengan compasión... yo fui amigo de Rubén, a ustedes les consta –clamaba El Pintor arrastrándose de un hombre a otro.–Ya cállate, cobarde –gritó uno de los hombres al tiempo que lo pateaba con furia–, tipos como tú dan asco.–¿Si les digo quién nos pagó nos perdonan la vida? –preguntó José Martínez.–No, ustedes ya han sido sentenciados y van a morir. Lo único que les prometo es que no serán torturados y que se van a ahorrar muchos sufrimientos. No tenemos prisa y podemos esperar pacientemente hasta que se decidan a cantar. Claro que amenizaremos la espera a base de una buena ración de machetazos –contestó el jefe del grupo mientras golpeaba con el canto del machete la espalda del capitán.Así, entre gritos, súplicas, lamentos e insultos que uno a otro se dirigían los asesinos, transcurrió el tiempo hasta que ya desesperados los hombres de Jaramillo empezaron a castigarlos. Finalmente, los nombres de los autores intelectuales del homicidio fueron pronunciados: Fernando López Arias, Humberto Romero, Agustín Olachea, William Jenkins, y el gobernador de Morelos.Los cuerpos de José Martínez y de Heriberto Espinosa fueron encontrados muchos días después de haber sido ajusticiados por la gente de Jaramillo. Esa justicia que los encargados de administrarla se habían negado a hacer. Una nueva era principiaba para la lucha agraria en el estado de Morelos”. (Hasta aquí el texto de Macin.)
En marzo de 2004 se cumplieron 50 años de la incursión de Rubén Jaramillo a Ticumán. Han pasado siete sexenios de presidentes de la República de extracción priísta –es decir, 42 años– y cuatro años del gobierno panista de Vicente Fox y nada ha cambiado en el campo mexicano. Y no sólo eso, sino que en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, el segundo neoliberal que gobernó, se llevaron a cabo modificaciones constitucionales que afectaron profundamente el artículo 27 y con él, el curso de la Reforma Agraria, pudiéndose decir que esas reformas terminaron con el espíritu que inspiró en la Revolución Mexicana ese artículo constitucional.El abandono del campo ha propiciado a lo largo de esos años la gran emigración campesina, primero a las ciudades y luego tras el sueño fantasioso de emigrar a Estados Unidos. El ingenio de Zacatepec, sueño realizado y concebido por Rubén Jaramillo y hecho realidad por Lázaro Cárdenas, está convertido en una entelequia en la cual sólo hay chatarra y pobreza de los campesinos cañeros. La industria cañera, que en sus tiempos fue el principal producto agrícola de México, ha caído a tal grado de que hoy nuestro país de exportador de azúcar se ha convertido en importador de ésta y las condiciones de los trabajadores del campo cañero son peores de lo que eran antes de la creación del ingenio que lleva el nombre de Emiliano Zapata.Al igual que hace más de 50 años, la pregunta dramática es qué va a suceder con el campo en México. Y tal vez lo más triste de todo es que los viejos sueños, desde los tenidos por Zapata en el Plan de Ayala o los concebidos por luchadores como Rubén Jaramillo son sólo historia y anécdota.El México de hoy tal vez requiera una convulsión más en busca de la justicia social que nunca ha alcanzado. Pero la duda sería si habrá por ahí quienes se puedan calzar las botas de Zapata o de Jaramillo. Tal vez lo veremos o tal vez no. Por el momento, ha sido bueno recordar que la vida y nuestra profesión nos permitieron testificar un acontecimiento que, como muchos otros, buscaba alcanzar mejores destinos para nuestro país
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