La muerte de Karol Wojtyla y el doble discurso del clero/I
Jesús Zavaleta Castro
La muerte de Karol Wojtyla, quien gobernó la Iglesia Católica por más de un cuarto de siglo con el nombre de Juan Pablo II, nos ha dejado muchos elementos para la reflexión.En este contexto, me parece necesario realizar un ejercicio crítico (que mucho hace falta al interior de la Iglesia) en torno al doble discurso del propio Wojtyla y del clero católico, desde dos perspectivas: el ejercicio de su papado y el discurso sobre la muerte que promueven los clérigos.Calificado como Papa viajero, Guerrero de la paz, Karol Wojtyla tuvo momentos de incongruencia durante su papado, y de ello diversos cronistas y analistas han realizado pormenorizados recuentos.La protección a los pederastas de los Legionarios de Cristo (principalmente del mexicano Marcial Maciel) y de los norteamericanos; la discriminación a las mujeres al interior de la Iglesia; el trato preferencial a los poderosos; la intolerancia y represión a los críticos internos y externos de su papado; el privilegio a corrientes de extrema derecha al interior de la iglesia (como el Opus Dei); el desprecio por los clérigos con una pastoral social más comprometida.En el cúmulo agotador de escenas que, con motivo de su muerte, fueron difundidas, llamó la atención la del exabrupto del Papa al regañar a Ernesto Cardenal, a la sazón del ministro de Educación en el gobierno sandinista en Nicaragua, en plena recepción oficial. Cardenal, religioso progresista, saludó de rodillas a un Papa que, advirtiéndole y señalándole agresivamente con el índice, reprochó al nicaragüense su participación en el gobierno siendo parte del clero católico.Llaman también la atención las imágenes que, de manera tendenciosa y convenenciera, no se vieron en televisión ni en la mayoría de los medios impresos: por ejemplo, la del Papa siendo recibido por el dictador y multi homicida chileno Augusto Pinochet, a quien accedió a celebrar una misa privada.Otro pasaje del que los medios hicieron prácticamente caso omiso, fue el del desencuentro entre el papa y el arzobispo Arnulfo Romero, cuando éste le documentó los crímenes del gobierno salvadoreño, y el desprecio de Wojtyla para atender el asunto. Romero murió asesinado por un militar, en plena misa, como consecuencia de su defensa de los marginados de El Salvador, sin contar con el apoyo del gobierno Vaticano.Uno más, la muy sospechosa muerte del jefe de la Guardia Suiza (el cuerpo de seguridad de El Vaticano), que oficialmente fue declarada como suicidio, asunto del que nada más abordó la curia romana, aun cuando el hecho puso en entredicho la seguridad de la ciudad-estado y del propio pontífice.Injusto sería negar los aportes del Papa recién fallecido a la defensa de las libertades y los derechos en varias regiones del mundo. Lo cuestionable es la selectividad y conveniencia de su actuación en diversos conflictos. En sentido estricto, y en el marco del discurso de la Iglesia Católica, Wojtyla pecó de “palabra, obra y omisión”.Condenó enérgicamente la muerte de norteamericanos e israelíes, pero muy tibiamente la de iraquíes y palestinos; combatió con fiereza el comunismo, pero débilmente al capitalismo; fomentó los grupos de extrema derecha al interior de la Iglesia, pero apabulló a los de tendencia progresista; canonizó a personajes de dudosa existencia, e impidió hacerlo con quienes no respondían a sus intereses; encumbró a sus aliados, pero hundió a sus críticos.En fin, murió Karol Wojtyla, el Papa Juan Pablo II, humano de aciertos y errores. Murió, simple y sencillamente, un hombre de este mundo. Un hombre que se entrampó entre el poder terrenal y su misión pastoral.
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